El papel de Google Maps y Waze en la movilidad urbana no deja de crecer: lo que sugieren estas apps puede vaciar una calle o llenarla de coches en cuestión de minutos. Cada vez más ayuntamientos afinan la coordinación con ambas plataformas para redirigir flujos y respetar restricciones, especialmente en cascos históricos y zonas sensibles.
En paralelo, surgen mejoras técnicas que abordan viejos problemas de precisión, como la navegación subterránea en túneles, y casos que recuerdan que, aunque el GPS ayude, no sustituye a la señalización ni a una planificación urbana adecuada. La foto actual dibuja ciudades que ajustan sus mapas digitales, plataformas que responden y vecinos que piden soluciones rápidas y claras.
Girona logra que los GPS dejen de atravesar el Barri Vell
El Ayuntamiento de Girona solicitó a los gestores de Google Maps y Waze retirar el Barri Vell de sus rutas recomendadas para el tráfico general. Se trata de un núcleo histórico con circulación restringida, calles estrechas y prioridad peatonal donde, hasta hace poco, muchos conductores —sobre todo turistas— se colaban siguiendo el atajo del GPS, complicando la vida a residentes y comercios.
Tras varios meses de gestiones, las aplicaciones han pasado a marcar con claridad las limitaciones de acceso y a priorizar itinerarios alternativos, tal y como pedía el consistorio. Además, el equipo municipal trabaja para que la información en los mapas indique dónde aparcar fuera del casco histórico y evite estacionamientos indebidos en zonas de carga y descarga con control horario.

Madrid enciende las balizas en los túneles de la M-30
La otra gran novedad llega desde Madrid: ya es posible orientarse por los túneles de la M-30 con ayuda de balizas Bluetooth que las apps detectan para corregir la posición del vehículo. Al iniciar una ruta que pasa por los subterráneos, Google Maps muestra un aviso para activar el Bluetooth y, una vez aceptado, la navegación funciona con indicaciones visuales y de voz igual que en superficie.
Cada baliza emite un identificador único asociado a su ubicación exacta, de modo que Google Maps y Waze presentan la posición precisa en cada tramo, evitando saltos erráticos típicos del GPS en túneles. La instalación —con un presupuesto de 141.000 euros— se ha fijado en las bandejas de cables y, según el Ayuntamiento, el sistema se encuentra en la recta final de pruebas antes del anuncio oficial.

Más ejemplos: Barcelona y un pequeño pueblo en Holanda
Girona no es un caso aislado. En Barcelona, la administración local promovió cambios en la información que aparece en Google Maps para aliviar el entorno del Park Güell, uno de los puntos más visitados por turistas. Entre otras medidas, retiró de la app una línea de autobús para desincentivar el acceso masivo, con el objetivo de priorizar a los vecinos y evitar la saturación en los accesos.
En Países Bajos, un pueblo optó por una vía polémica: sus vecinos coordinaron reportes de calles cortadas para forzar a Google Maps a desviar el tráfico y así despejar sus calles. Aunque el método es discutible, evidenció hasta qué punto una plataforma de navegación puede redistribuir —para bien o para mal— el flujo de vehículos en muy poco tiempo.
Cuando los mapas fallan: el caso de Cervo (A Coruña)
La cara B la pone Cervo, donde Google Maps ha estado sugiriendo un “atajo” hacia un polígono por una pista secundaria vetada a vehículos de más de 5,5 toneladas. Vecinos denuncian el paso frecuente de camiones largos con mercancía pesada, lo que multiplica el riesgo en una vía estrecha sin aceras y genera molestias y daños en viviendas próximas.
La situación refleja un doble origen: por un lado, el error de cartografía al no respetar la señalización; por otro, la ausencia de una conexión viaria adecuada al parque empresarial, un proyecto bloqueado desde hace años. El caso ilustra cómo un fallo digital puede agravar un problema urbano latente y por qué conviene no fiarlo todo al GPS frente a la señalización física.
Con ciudades como Girona reajustando las rutas, Madrid estrenando navegación subterránea y precedentes que van de Park Güell a un pueblo holandés, Google Maps y Waze demuestran su capacidad para moldear la movilidad cotidiana. La clave pasa por información precisa, coordinación institucional y usuarios que confíen en las apps sin perder de vista las normas sobre el terreno.