Meta abandona el metaverso y redobla su apuesta por la IA y las gafas inteligentes

  • Meta asume el fracaso económico del metaverso tras más de 70.000 millones de dólares en pérdidas y profundas reestructuraciones en Reality Labs.
  • Mark Zuckerberg reorienta la estrategia: de mundos virtuales a dispositivos cotidianos con IA, con las gafas inteligentes como producto estrella.
  • Las gafas con IA de Meta triplican ventas y se presentan como el “próximo smartphone”, mientras se cierran estudios y se recortan proyectos de realidad virtual.
  • El negocio publicitario y la inversión masiva en infraestructura de inteligencia artificial financian este giro estratégico, en un mercado global cada vez más competitivo.

Meta cambia su apuesta del metaverso a la IA

En apenas unos años, Meta ha pasado de vender el sueño del metaverso a hablar casi exclusivamente de inteligencia artificial y dispositivos cotidianos. La compañía que rebautizó Facebook para simbolizar su salto a los mundos virtuales ahora admite, de forma implícita, que aquel plan no ha dado los frutos esperados y que el futuro pasa por integrar la IA en productos mucho más cercanos al día a día, empezando por las gafas inteligentes.

Este viraje se produce tras una inversión de decenas de miles de millones de dólares en realidad virtual, una división -Reality Labs- permanentemente en números rojos y una acogida tibia por parte del público. Mientras el metaverso se desinfla, Meta acelera la carrera por liderar la nueva ola de accesorios con IA, en un contexto donde Europa vigila de cerca su modelo de negocio y la competencia tecnológica global se recrudece. Los ajustes incluyen recortes del metaverso y reorientaciones internas.

Del sueño del metaverso al ajuste de cuentas en Reality Labs

Meta se aleja del metaverso hacia la IA

La apuesta por el metaverso fue, durante la pandemia, el gran relato de Silicon Valley. Meta, Disney o Microsoft elevaron los mundos virtuales a la categoría de próxima gran plataforma digital, llamada a transformar trabajo, ocio y comercio. Sin embargo, el entusiasmo duró poco: mientras la realidad virtual no terminaba de cuajar entre el gran público, la IA generativa empezó a mostrar casos de uso inmediatos y fácilmente monetizables.

En el caso de Meta, el choque con la realidad ha sido especialmente duro. La división Reality Labs llegó a perder 19.100 millones de dólares solo en 2025, tras un ejercicio anterior en el que ya se habían registrado 17.700 millones en números rojos. Desde 2021, la suma de pérdidas vinculadas al metaverso supera con holgura los 70.000 millones, una cifra que evidencia la brecha entre la ambición inicial y la adopción real de sus productos de realidad virtual.

La narrativa corporativa ya venía avisando de que 2025 sería el “año de la decisión”. Tanto Mark Zuckerberg como Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta, habían señalado ese ejercicio como el momento clave para determinar si el proyecto se consolidaba o se recortaba drásticamente. Los números han inclinado la balanza: el resultado ha sido una reestructuración profunda y el progresivo desmontaje del sueño del metaverso tal y como se había presentado.

El impacto ha sido especialmente visible en el ecosistema de contenidos que debía dar sentido a esa visión. Estudios de desarrollo de referencia dentro de la realidad virtual de Meta, como Armature Studio (responsable de la versión VR de Resident Evil 4), Twisted Pixel o Sanzaru Games, han sufrido recortes severos o cierres. Incluso aplicaciones emblemáticas como Workrooms, que pretendían trasladar las reuniones de oficina al entorno virtual, han sido canceladas ante la falta de tracción —tal y como recoge el cierre de Horizon Workrooms.

Para completar el giro, se han producido oleadas de despidos en Reality Labs, con alrededor de un 10% de la plantilla afectada en algunas rondas, lo que supone más de un millar de empleados. Paralelamente, aplicaciones como la plataforma de fitness Supernatural han pasado a un mero “modo de mantenimiento”, síntoma de que Meta ya no está dispuesta a seguir alimentando sin límite aquellos proyectos que no demuestren un potencial comercial claro.

Despidos, recortes y el cierre de la etapa metaverso

Lo que arrancó en 2021 como uno de los movimientos corporativos más audaces de la década -el cambio de nombre de Facebook a Meta para alinearse con el metaverso- se ha acabado traduciendo en una operación de ajuste a gran escala. Informes de medios especializados apuntan a una ola coordinada de despidos y cierres de estudios en todo el perímetro de la realidad virtual de la compañía.

La propia Meta ha reconocido que, al menos durante 2026, las pérdidas de Reality Labs se mantendrán en niveles similares a las de 2025, lo que sugiere que el pico de gasto aún no se ha superado pero sí se ha tocado techo. La dirección confía en que, a partir de 2027, las cuentas de esta división comiencen por fin a reducir su sangría, gracias precisamente al cambio de enfoque hacia productos más cercanos al mercado de consumo masivo.

Más allá de las cifras, el desenlace refleja el fracaso de la promesa original: el metaverso no ha logrado convertirse en el núcleo del negocio, ni en términos de ingresos ni como producto central para los usuarios. La respuesta de la comunidad tecnológica a las primeras demostraciones fue, en muchos casos, fría e incluso burlona, cuestionando tanto la calidad gráfica como la falta de propuestas realmente diferenciadoras.

En este contexto, las medidas adoptadas por Meta apuntan a un cierre de etapa. El metaverso pasa a un segundo plano, limitado a proyectos muy concretos y con menos recursos, mientras la empresa vuelca sus esfuerzos en una nueva línea de dispositivos que, esta vez sí, se consideran con más opciones de encajar en la rutina diaria del usuario medio. Entre esas apuestas destacan las gafas y prototipos como Orion, que marcan el paso hacia soluciones más prácticas.

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La compañía insiste en que no abandona por completo la realidad virtual, pero el mensaje es claro: los recursos se redistribuyen hacia donde hay demanda real o, al menos, una expectativa creíble de crecimiento, y ya no hacia un universo virtual que no terminó de arrancar. Los ahorros generados por los recortes se destinarán a impulsar la próxima fase estratégica centrada en dispositivos con IA.

Las gafas con IA, la nueva gran apuesta de Meta

En sus últimas presentaciones de resultados, Mark Zuckerberg ha cambiado el tono. Ya no habla tanto de mundos inmersivos donde pasar la jornada laboral, sino de gafas con IA que integran asistentes de IA capaces de acompañar al usuario en cualquier contexto, desde la calle a la oficina. Según el directivo, estamos ante una oportunidad histórica comparable a la transición de los teléfonos básicos a los smartphones.

El argumento de Meta es sencillo: miles de millones de personas ya usan gafas o lentillas para corregir su visión. Añadir capacidades de inteligencia artificial a un objeto tan cotidiano se presenta como una evolución lógica, sin exigir al usuario un cambio radical de hábitos. De ahí que Zuckerberg defienda que, en unos años, resultará extraño que la mayoría de gafas en circulación no incorporen algún tipo de asistente inteligente.

Los primeros indicadores comerciales respaldan en parte esta narrativa. La compañía asegura que las ventas de sus gafas con IA se triplicaron en 2025 respecto al año anterior, lo que las convertiría en uno de los dispositivos de consumo con mayor ritmo de crecimiento reciente dentro de su catálogo. Aunque Meta no ha desglosado cifras exactas, sí ha destacado el rendimiento de productos desarrollados junto a marcas como Ray-Ban, con los que estaría negociando incluso duplicar la capacidad de producción de aquí a 2026.

Estas gafas ofrecen funciones como captura de contenido, control por voz y acceso directo a asistentes de IA, todo ello sin necesidad de sacar el móvil del bolsillo. Para Meta, representan la puerta de entrada a un futuro en el que la interacción con la inteligencia artificial se integrará de forma invisible en la vida diaria, sin pantallas voluminosas ni cascos pesados.

Más allá del potencial comercial, Zuckerberg ha empezado a presentar este tipo de productos como el embrión de una “superinteligencia personal”: un sistema capaz de conocer el contexto del usuario, anticipar necesidades y ofrecer respuestas o contenidos adaptados en tiempo real. La diferencia clave con el metaverso es que, en lugar de pedir a la gente que entre en un mundo virtual, se intenta que la tecnología se adapte al entorno físico ya existente. La experimentación con nuevos dispositivos, incluida la propuesta de terceras empresas, recuerda al debate abierto con el primer dispositivo de OpenAI y sus retos.

Reorientar Reality Labs: de mundos virtuales a wearables con IA

El cambio de foco no es solo discursivo. Internamente, Meta ha decidido que Reality Labs concentre su trabajo en accesorios y wearables, en particular en todo lo que tenga que ver con inteligencia artificial integrada. La realidad virtual pura pasa a un segundo plano frente a una estrategia más amplia que engloba gafas, dispositivos portátiles y funciones de IA ligadas al móvil. Se observa un paralelismo con propuestas de dispositivos portátiles que combinan computación y gafas.

En un memorando interno, Andrew Bosworth explicó que se trata de recortar inversión en proyectos de RV menos rentables para hacer que el conjunto de la división sea “más sostenible” y esté mejor alineado con las oportunidades que el mercado está empezando a premiar. La idea es abandonar la lógica del gasto casi ilimitado en un “futuro” incierto y concentrarse en productos que puedan demostrar tracción en plazos razonables.

Esta transición no significa que la realidad virtual desaparezca, pero sí que dejará de ser el centro gravitatorio del relato de Meta. Horizon, los cascos de RV y las experiencias inmersivas seguirán presentes, pero subordinados a una estrategia más clara alrededor de la IA aplicada a dispositivos de uso diario.

El mensaje a los accionistas es que las pérdidas seguirán siendo elevadas en el corto plazo, especialmente en 2026, considerado el último gran pico de gasto antes de que la curva empiece a bajar. A cambio, la empresa promete que, si la apuesta por las gafas con IA y otros wearables funciona, Reality Labs podría dejar de ser un lastre para convertirse en un pilar adicional del negocio.

Todo ello coloca a Meta en una posición peculiar: tras reconocer de facto que el metaverso no ha cumplido las expectativas, la compañía vuelve a pedir paciencia al mercado para financiar otra visión de futuro. La diferencia es que ahora el punto de partida es un producto que ya está encontrando un nicho concreto, en lugar de una promesa abstracta de mundos virtuales por construir.

La inversión masiva en IA que sostiene el giro estratégico

Mientras reajusta su apuesta por el hardware, Meta también está llevando a cabo una de las mayores inversiones en infraestructura de IA de la historia corporativa. Solo en 2025, la empresa destinó alrededor de 72.000 millones de dólares a centros de datos y hardware especializado, prácticamente el equivalente al PIB anual de varios países europeos de tamaño medio.

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Esta cifra triplica el nivel de gasto registrado en 2023 y podría aumentar todavía más en 2026, cuando Meta proyecta invertir entre 115.000 y 135.000 millones de dólares para reforzar sus capacidades de cómputo. El objetivo es entrenar y desplegar modelos de inteligencia artificial cada vez más potentes, tanto para uso interno como para integrarlos en productos orientados al consumidor.

Paradójicamente, toda esta transformación se financia con el negocio de siempre: la publicidad en Facebook, Instagram y el resto de aplicaciones del grupo. En 2025, Meta facturó en torno a 201.000 millones de dólares, de los que unos 196.000 provinieron de mostrar anuncios a más de 3.500 millones de usuarios activos diarios. Los márgenes operativos del negocio publicitario siguen siendo muy elevados, por encima del 40%.

Aun con este músculo financiero, el esfuerzo inversor ha empezado a notarse en las cuentas. El beneficio neto se resintió entre 2024 y 2025, en parte por un cargo fiscal extraordinario ligado a cambios legislativos en Estados Unidos, pero también por la presión de unos costes operativos crecientes. Meta gana menos por cada dólar que ingresa porque ha decidido adelantarse en la carrera por la IA, confiando en que esos desembolsos le otorguen ventaja competitiva.

En paralelo, la compañía está recomprando acciones por decenas de miles de millones de dólares, señal de confianza hacia sus propios resultados futuros, pero también una forma de retribuir a los accionistas mientras se les pide tiempo para que los proyectos de IA maduren. De momento, la rentabilidad sigue siendo sólida, aunque el mercado observa con lupa si este equilibrio entre gasto agresivo y beneficios se puede mantener mucho más tiempo.

IA práctica hoy, superinteligencia personal mañana

Mientras el discurso se llena de grandes palabras como “superinteligencia personal”, la realidad es que la inteligencia artificial ya está aportando valor tangible a Meta de manera mucho más mundana. Los algoritmos que recomiendan contenido en Facebook e Instagram, en particular el formato Reels, se han vuelto más precisos, logrando que los usuarios pasen más tiempo en las plataformas. Además, Meta está probando nuevos formatos como su feed de vídeos con IA.

En el último trimestre conocido, las impresiones publicitarias crecieron un 18%, mientras que el precio medio de los anuncios subió alrededor de un 6%. En la práctica, esto significa que el crecimiento de ingresos viene sobre todo de lograr que la gente consuma más contenido -y, por tanto, más anuncios- gracias a una IA que decide qué mostrar en cada momento.

Esta vertiente “invisible” de la inteligencia artificial es, por ahora, la que mueve de verdad la aguja en las cuentas de Meta. Los modelos de lenguaje avanzados, los sistemas de moderación automatizada o los asistentes integrados en las aplicaciones de mensajería están en pleno desarrollo, pero sus efectos directos en el negocio aún tardarán en verse con claridad.

De fondo, la compañía trabaja en modelos como LLaMA, su propia familia de grandes modelos de lenguaje, diseñados para competir con las soluciones de otros gigantes tecnológicos y servir tanto para productos internos como para herramientas de terceros. Parte de esta tecnología será la que alimente, a medio plazo, los asistentes que se integren en las gafas inteligentes y otros wearables.

La diferencia respecto a la etapa metaverso es que, esta vez, la IA ya está generando ingresos antes de alcanzar la visión más ambiciosa. Los anuncios mejor orientados y las experiencias más personalizadas son un ejemplo de cómo la compañía monetiza la inteligencia artificial de manera directa, mientras se exploran aplicaciones más sofisticadas para el futuro.

Europa y la presión regulatoria sobre el modelo de Meta

En paralelo a este giro tecnológico, Meta se enfrenta a un entorno regulatorio cada vez más exigente, especialmente en la Unión Europea. Bruselas ha presionado a la compañía para modificar sus sistemas de personalización publicitaria, en particular en lo que respecta a las opciones de “anuncios menos personalizados” y la protección de menores.

Meta ha reconocido en sus comunicaciones oficiales que existen “vientos en contra legales y regulatorios” tanto en Europa como en Estados Unidos, con varios procedimientos en marcha que podrían tener un impacto económico relevante. La preocupación de fondo se centra en el modelo basado en la recogida masiva de datos y la segmentación detallada de los usuarios, justo el mecanismo que financia las enormes inversiones en IA.

En el caso europeo, las autoridades han ido endureciendo las normas en materia de privacidad y transparencia, obligando a plataformas como Facebook e Instagram a ofrecer mayor control sobre la personalización de anuncios y a justificar de forma más clara el uso de los datos personales. Esto encaja con la línea general del bloque comunitario, que aspira a situarse como referente global en regulación digital, también en el ámbito de la IA.

Para Meta, el reto consiste en mantener la efectividad de su negocio publicitario sin chocar con un marco regulatorio cada vez más estricto. La compañía necesita seguir extrayendo valor de los datos para financiar sus apuestas tecnológicas, pero debe hacerlo ajustándose a unas normas que, en Europa, van mucho más allá de lo que se exige en otros mercados.

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Este contexto añade una capa adicional de incertidumbre al cambio de estrategia: aunque la IA y las gafas inteligentes representen una nueva vía de crecimiento, su desarrollo y comercialización también estarán sometidos a un escrutinio cada vez mayor por parte de reguladores y consumidores, que demandan más garantías de privacidad y seguridad.

Competencia creciente en accesorios inteligentes con IA

El movimiento de Meta no se produce en un vacío. Prácticamente todos los grandes actores tecnológicos han empezado a explorar el terreno de los dispositivos con IA integrada, especialmente en el segmento de las gafas y otros accesorios que puedan acompañar al usuario a lo largo del día. Proyectos como Project Astra de Google ejemplifican este interés.

Se espera que Google avance este año con su propia línea de gafas inteligentes, apoyada en acuerdos con firmas ópticas especializadas. Apple, por su parte, estaría reasignando parte del personal que trabajaba en versiones futuras de su casco Vision Pro hacia proyectos de gafas más ligeras y orientadas al gran público, con el horizonte de lanzarlas en uno o dos años, según los rumores sobre las gafas de Apple.

Incluso empresas centradas originalmente en software de IA, como OpenAI, están experimentando con formatos alternativos a las gafas tradicionales, desde pines inteligentes hasta auriculares con asistentes integrados. La idea común es que la interacción con la inteligencia artificial se traslade del ordenador o el móvil a dispositivos que el usuario pueda llevar encima de forma natural.

En este escenario, Meta confía en que su experiencia en redes sociales, publicidad y hardware de consumo le otorgue una posición ventajosa. Sus gafas con IA ya cuentan con una base de usuarios creciente y acuerdos industriales sólidos, aunque la compañía es consciente de que la competencia puede reaccionar con rapidez y lanzar propuestas propias con fuerte integración en sus ecosistemas.

La gran incógnita es si estos accesorios llegarán de verdad al público masivo o si se quedarán como productos de nicho para entusiastas de la tecnología. El recuerdo del metaverso aún pesa, y no son pocos los que se preguntan si estamos ante la corrección de un rumbo fallido o ante una repetición del mismo patrón, esta vez con otro tipo de dispositivo como protagonista.

Un futuro en juego: de la red social a la infraestructrura de IA

La suma de todas estas decisiones configura un cambio de identidad profundo. Meta quiere dejar de ser vista simplemente como una empresa de redes sociales que vende publicidad y pasar a definirse como un proveedor de infraestructura de inteligencia artificial y dispositivos inteligentes, con Facebook, Instagram o WhatsApp como puertas de entrada a ese ecosistema.

El riesgo es evidente: la compañía está utilizando los extraordinarios beneficios de su negocio actual para financiar una transformación cuyo resultado aún es incierto. El recuerdo del metaverso actúa como advertencia de lo que puede ocurrir cuando la apuesta de futuro no cuaja, pero al mismo tiempo Meta considera que no tiene alternativa si quiere mantener su posición en un mercado donde la IA se ha convertido en el factor decisivo.

La gran cuestión, desde el punto de vista del inversor y también del regulador europeo, es si esta nueva ola de inversión será capaz de generar productos rentables que no dependan tanto de exprimir la atención del usuario y sus datos personales. De momento, las gafas con IA ofrecen señales alentadoras, pero están lejos de compensar por sí solas el colosal gasto en centros de datos, talento y hardware.

Meta enfrenta, por tanto, una etapa en la que deberá demostrar que su giro de timón no se limita a un cambio de eslogan. Si las gafas inteligentes y la IA integrada logran consolidarse como parte de la vida diaria de millones de personas, la compañía habrá encontrado una salida a la larga sombra del metaverso. Si no, se encontrará de nuevo con una inversión multibillonaria difícil de justificar ante unos mercados y unas autoridades que miran cada vez con más lupa los experimentos tecnológicos financiados con datos ajenos.

En este momento de transición, Meta combina un negocio publicitario aún muy rentable, una inversión gigantesca en inteligencia artificial y un portafolio de productos en plena reinvención, con las gafas con IA como emblema de esa nueva etapa. El desenlace dependerá de si consigue convertir esta tecnología en algo verdaderamente útil y accesible para el usuario medio, especialmente en regiones como España y el resto de Europa, donde el escrutinio sobre su modelo es cada vez mayor y donde el margen para repetir una apuesta fallida como la del metaverso es claramente más reducido.

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