Hay revivals que nacen con vocación de clásico instantáneo y otros que vuelven casi de puntillas, como si ni ellos mismos terminaran de creerse su segunda oportunidad. Rushing Beat X: Return of Brawl Brothers pertenece claramente al segundo grupo. Recupera una saga de la era Super Nintendo que en Occidente fue conocida como Rival Turf! y Brawl Brothers, una de esas series que siempre vivieron a la sombra de pesos pesados como Final Fight o Streets of Rage. Precisamente por eso sorprende más: en lugar de limitarse a explotar la nostalgia, intenta demostrar que bajo aquella fachada de “yo también estaba allí” había ideas propias que merecían una segunda vida. Salió el 19 de marzo de 2026 para PS5, Xbox Series X/S, PC y Switch 2, con City Connection al desarrollo y Clear River Games como editora.
Lo mejor del juego está donde más importa en un beat ’em up: en cómo se siente repartir golpes. Rushing Beat X no se conforma con el combo básico de puñetazos y patadas, sino que mete capas extra que le dan más intención a cada pelea. Hay cancelaciones de movimientos, ataques traseros, variantes según si vas por el suelo, saltando o entrando en carrera, y hasta contraataques que piden un poco más de lectura y timing. Sobre el papel suena técnico; en la práctica, consigue algo bastante difícil: seguir siendo accesible sin volverse plano. Según la ficha oficial, también incorpora auto-combos y sistemas como el Rage Gauge, Beat Blow y Rage Burst, que refuerzan esa mezcla entre facilidad de entrada y margen para profundizar. No es un juego de aporrear botones sin pensar, aunque tampoco pretende convertirse en un fighter encubierto. Su mérito está en ese término medio.
Esa profundidad, además, no borra la personalidad rara de la saga. Y eso es una buena noticia. Rushing Beat X sigue teniendo ese aire de primo excéntrico dentro del beat ’em up clásico. Tan pronto estás limpiando las calles de maleantes como te ves frente a ninjas, zombis, robots y otras locuras que parecen sacadas de una caja mezclada de ideas noventeras. El resultado no siempre es elegante, pero sí muy reconocible. Hay algo simpático en su negativa a comportarse como un producto pulido y homogéneo. Prefiere ser extraño antes que genérico, y en un género tan dado a repetir fórmulas, esa decisión le da carácter. Incluso recupera elementos conectados con el legado de la serie y de 64th Street: A Detective Story, como la posibilidad de lanzar enemigos contra el escenario, una mecánica que añade espectáculo y una satisfacción muy física a cada enfrentamiento.
También ayuda el arsenal. El juego deja usar armas blancas, armas de fuego e incluso opciones más exageradas, mientras añade un pequeño sistema de inventario para guardar objetos o reservar curación para momentos complicados. No revoluciona el género, pero sí introduce un punto táctico que rompe la monotonía. Esta idea encaja bien con el diseño general: Rushing Beat X quiere conservar el nervio arcade, pero sin renunciar a detalles modernos que hagan el avance menos automático. La campaña oficial consta de nueve fases y soporte cooperativo para dos jugadores, algo que sigue siendo casi obligatorio en este tipo de propuestas y aquí parece más una extensión natural del caos que una simple casilla de marketing.

Donde el juego empieza a perder fuelle es en la presentación. Los personajes parecen estar bastante mejor tratados que los escenarios. Las animaciones y siluetas transmiten bien esa herencia de los 16 bits, con un toque que recuerda vagamente al Capcom más clásico, pero los fondos son irregulares. Hay fases con atmósfera y color, y otras que parecen a medio vestir, como si les faltara una capa extra de detalle para vender mejor el mundo. La interfaz intenta compensarlo con un estilo llamativo, muy marcado y moderno, y por momentos lo consigue. Pero no tapa del todo la sensación de que el acabado visual va dando tumbos entre lo inspirado y lo funcional.

Al final, Rushing Beat X no es el gran nuevo rey del beat ’em up, pero tampoco quiere serlo. Funciona mejor como rescate con ideas que como blockbuster retro. Tiene combate con más miga de la que parece, una personalidad deliciosamente rara y suficiente identidad como para justificar su regreso. A la vez, arrastra escenarios desiguales, un ritmo irregular y poco contenido para quienes busquen exprimirlo a largo plazo. Mi impresión es clara: no es imprescindible para todo el mundo, pero sí muy recomendable para quien disfrute del género y tenga debilidad por esos juegos imperfectos que, aun tropezando, dejan huella. Es como encontrar una vieja recreativa en un bar de carretera: quizá no sea la máquina más fina del local, pero tiene algo que te obliga a echar otra partida.