Hay juegos antiguos que necesitan bastante contexto para entender por qué fueron importantes. Otros solo necesitan que cojamos el mando. Flying Shark y Fire Shark pertenecen claramente al segundo grupo. Han pasado casi cuatro décadas desde que Toaplan los llevó a los salones recreativos, pero basta jugar unos minutos para reconocer muchas de las ideas que terminarían definiendo el shoot ‘em up vertical durante los años posteriores.
M2 recupera ahora ambos títulos dentro de su línea Toaplan Arcade Garage con Flying Fire Shark, una recopilación que vuelve a demostrar el enorme cuidado que el estudio japonés pone cuando trabaja con clásicos. No estamos ante dos juegos rejuvenecidos artificialmente, sino ante una conservación muy respetuosa acompañada de suficientes herramientas modernas para hacerlos algo menos intimidantes.
Flying Shark sigue siendo una pequeña lección de diseño
Flying Shark apareció originalmente en 1987 y su planteamiento no podría ser más sencillo. Nuestro avión avanza continuamente mientras destruimos enemigos terrestres y aéreos, recogemos potenciadores y tratamos de sobrevivir.
La clave está en que esa aparente sencillez esconde un juego tremendamente calculado. Aquí todavía no encontramos las enormes cortinas de proyectiles asociadas posteriormente al bullet hell. El peligro viene de disparos mucho más concretos, rápidos y lanzados desde posiciones capaces de pillarnos desprevenidos. No se trata únicamente de tener buenos reflejos: aprender dónde aparecen los enemigos termina siendo fundamental.
También funciona muy bien la progresión de nuestro armamento. Comenzamos siendo relativamente vulnerables y poco a poco aumentamos nuestra potencia hasta convertir el avión en una máquina mucho más contundente. El problema llega cuando perdemos una vida y parte de ese poder desaparece con ella. Un error puede desencadenar fácilmente varios más, porque recuperar el control de la partida con un armamento debilitado no resulta sencillo.
Sus cinco fases se repiten posteriormente en un segundo bucle, así que sobre el papel no parece una experiencia especialmente extensa. En realidad, como buen arcade, su duración depende mucho más de cuánto queramos dominarlo que del número de escenarios.
Fire Shark sube considerablemente la temperatura
Dos años separaron Flying Shark de Fire Shark y se nota prácticamente desde el primer minuto. La secuela es más rápida, agresiva y espectacular. Los escenarios ganan presencia y, sobre todo, nuestro arsenal resulta mucho más satisfactorio.
Disponemos de tres tipos de disparo que podemos mejorar progresivamente y llegar a los niveles superiores de potencia produce esa maravillosa sensación de controlar una auténtica apisonadora voladora. Fire Shark sabe hacer que nos sintamos poderosos.
Porque si Flying Shark ya exige atención, Fire Shark puede ser brutal. Los proyectiles viajan a velocidades muy elevadas, las formaciones enemigas buscan continuamente sacarnos de posiciones cómodas y algunas situaciones dejan un margen de reacción mínimo. Memorizar deja de ser una ventaja para convertirse prácticamente en parte del sistema de juego.
Puede frustrar, especialmente si llegamos acostumbrados a propuestas actuales más permisivas, pero también explica por qué estos juegos funcionaban tan bien en los recreativos. Cada intento aporta información y superar una sección que antes parecía imposible proporciona una satisfacción difícil de replicar.
M2 entiende perfectamente cómo recuperar un arcade
Aquí es donde esta recopilación gana buena parte de su valor. Podemos jugar respetando la experiencia arcade original, incluyendo distintas versiones regionales, pero M2 incorpora herramientas que permiten adaptar el aprendizaje.
El modo Super Easy reduce considerablemente la dificultad y supone una buena puerta de entrada, mientras que Custom permite modificar distintos parámetros. Arcade Challenge sirve para practicar situaciones específicas y los habituales M2 Gadgets muestran información adicional durante las partidas, ayudándonos a comprender enemigos, potenciadores o incluso determinados comportamientos de los proyectiles.

Son añadidos importantes porque no modifican la esencia de los originales. Quien quiera enfrentarse al arcade tal y como fue concebido puede hacerlo, mientras que un jugador nuevo dispone de herramientas para entenderlo antes de acabar convertido en chatarra durante los primeros minutos.
La emulación también mantiene la precisión y velocidad necesarias en juegos donde unos pocos frames pueden separar una esquiva perfecta de perder una vida. Visualmente siguen siendo títulos de finales de los ochenta, evidentemente, pero sus sprites, escenarios y explosiones mantienen personalidad, y el apartado musical continúa acompañando estupendamente esa tensión permanente.
Una recopilación excelente, aunque algo escasa
El principal punto discutible está en el contenido. Flying Shark y Fire Shark forman una pareja magnífica porque permiten observar directamente la evolución de Toaplan en apenas dos años, pero siguen siendo únicamente dos juegos.
Existen versiones domésticas adicionales mediante un DLC de pago junto a contenido relacionado con Wardner. Las ediciones físicas de Clear River Games incluyen ese material, pero habría sido preferible encontrarlo integrado de serie también en la edición digital. Cuando el propósito de una colección es preservar y contextualizar una parte de la historia de una compañía, separar algunas de sus versiones adicionales inevitablemente resta sensación de producto completo.
No son juegos pensados para quien simplemente quiera terminar una campaña y pasar al siguiente título. Aquí la diversión está en repetir, aprender y dominar poco a poco cada fase. Y precisamente por eso, casi cuarenta años después, ambos siguen teniendo algo que decir.